domingo, 9 de agosto de 2015

CAPÍTULO 20- Con lágrimas en los ojos


Carmen era una niña muy espabilada  que vivía contenta y feliz en el pequeño pero entrañable pueblo de Benquerencia. 
Era la menor de una familia compuesta por el abuelo Zacarías, sus padres Matilde y Miguel y sus hermanos Rafa y Antonio. 

Aunque era la más pequeña de la clase su maestra, Dª Trini, decía de ella “que la niña prometía”. 
A sus hermanos no les gustaba tanto la escuela aunque D. Tomás, el maestro, no estaba descontento de ellos ya que su comportamiento era bastante correcto y las matemáticas y el razonamiento lógico no se les daban mal.



Pero la felicidad de esta humilde familia benquerenciana estaba llegando a su fin.
Eran los años sesenta y los tentáculos de la maldita crisis  estaban ahogando cada vez más a una gran parte de las familias de nuestro pequeño pueblo extremeño.

En su casa eran seis bocas a alimentar y la Matilde se las veía y se las deseaba para que al menos, un plato de sopa y unos garbanzos del puchero, llegaran a los estómagos de cada miembro de la familia. 
Otras veces era una barreña de gazpacho o las agradecidas migas con una cabeza de ajos asada en la lumbre y, como mucho, un racimo de uvas del parral de la casa las que evitaban que las telarañas se adueñasen de los estómagos de la familia.

Años atrás Carmen y su familia vivían con cierto desahogo ya que
sus padres tenían un pequeño olivar y un par de “peazos” bastante productivos que cada año les proporcionaban el aceite y el trigo suficiente para ir tirando la casa adelante.
Además Miguel, el padre, tenía fama de buen segador y no le faltaba faena cuando llegaba la época de la recolección.

Con algún cerdo que habían engordado durante todo año hacían matanza y con ella se aseguraban la alimentación para una buena temporada.
Con la llegada de los fríos del invierno venía la época de la recolección de las aceitunas y el cabeza de familia entraba a trabajar en el molino de La Rana donde sacaba algunos durillos que aliviaban la economía familiar.

Pero con la llegada de la crisis las cosas empezaron a ir de mal en peor. 
Cada cierto tiempo Miguel mandaba a Carmen a la casa de Antonio, una especie de prestamista, con una nota que decía: “Vale por la cantidad de 500 pesetas” junto iba escrita la fecha y la firma.
El prestamista le daba el dinero y archivaba el papelito. Con parte de ese dinero se pagaba la deuda contraída en el comercio y  lo que quedaba se guardaba para seguir afrontando los gastos diarios.

Un par de meses después Carmen volvía a repetir la misma operación y Antonio volvía a darle el dinero a Miguel.
En no mucho tiempo los dos “peazos”  habían pasado a manos del prestamista.

Miguel no encontraba solución alguna para resolver los problemas económicos que envolvían a la familia. No había sido nunca hombre de bares pero últimamente pasaba bastante tiempo en ellos como tratando de que el vino que le servía Elías o  Lavativa le ayudase a encontrar alguna idea para salir de tan complicada situación familiar. Sin darse cuenta se estaba volviendo agrio y malhumorado.

Una noche Miguel sacó su libretilla, arrancó una hoja y empezó a escribir otra de aquellas notas que enviaba a "su amigo" el avaricioso prestamista.
El abuelo Zacarías le detuvo poniéndole la mano encima con gesto enérgico diciéndole:
-¡¡No, Miguel, no hagas esa locura!!. ¡¡No pidas más dinero!!. ¿Qué haremos cuando en unos meses nos hayamos comido, y tú bebido el olivar?- 
-Mis muchos años me dicen que la única solución es que os marchéis a buscar otros horizontes. Eres joven y no será difícil que encuentres trabajo. Los muchachos ya están crecidos y también podrán ayudar. Por mí no os preocupéis. Mis huesos están ya muy gastados y los años pesan mucho. No seré una carga para vosotros ya que me quedaré aquí en Benquerencia hasta que Dios me llame-.

El abuelo continuó hablando largo rato. Toda la familia le escuchaba en completo silencio. Cuando acabó todos se fundieron
en un gran abrazo mientras numerosas lágrimas brotaban de sus ojos.

Carmen desde aquel momento supo que sus días de permanencia en Benquerencia estaban contados y una enorme pena fue apoderándose de todo su cuerpo.



Al día siguiente en la Escuela parecía otra niña. Había perdido su entrañable sonrisa y andaba de un lado para otro como una sonámbula. La maestra y sus compañeras le preguntaban por los motivos de tanta tristeza pero ella no les contestaba. Sólo consiguieron que un par de lágrimas brotaran de sus ojos y resbalaran por su cara. Todas respetaron su silencio y continuaron la clase como cada día.

Pasada la hora de la siesta nuestra pequeña protagonista subió, como era su costumbre, a "Las casitas llanas" donde solía jugar y pasárselo de maravilla con otras niñas de su edad. Pero esta vez nada fue igual. 


Se sentó en un peñasco y ensimismada se quedó mirando largo tiempo a la maravillosa panorámica del pueblo que se contemplaba desde aquél lugar. Las imágenes que veía quería guardarlas como oro en paño en su mente para recordarlas cuando estuviese a muchos kilómetros de distancia.
Respiraba hondo para ahogar su pena. 

Comprendía las razones que tenían sus padres para salir del pueblo en busca de una nueva vida pero se angustiaba al pensar que tendría que dejar, quien sabe si para siempre, su querida Benquerencia, su casa, su calle, sus amigas/os y gran cantidad de cosas que para ella tenían un valor incalculable.

Aquella tarde no participó en los juegos con sus amigas que cada vez estaban más preocupadas por el comportamiento de Carmen. A cada momento se acercaban a ella para tratar de animarla.

Un poco antes de regresar a sus casas Carmen les contó el motivo de su tristeza y todas se unieron en un fuerte y emotivo abrazo regado con abundantes lágrimas.

La semanas siguientes fueron muy dolorosas para nuestra pequeña benquerenciana. Era como una esponja que iba absorbiendo todos los comentarios que se hacían en su casa sobre la partida de la familia hacia lugares desconocidos sin saber qué suerte les depararía el destino. Se tragaba sus penas y mentalmente se situaba en un túnel  negro y tenebroso en el que nunca se veía la claridad de la salida.

En aquellos fechas hubo una figura que a la larga tuvo una gran influencia en el aspecto sentimental de toda la familia: El abuelo Zacarías.

Zacarías peinaba ya los ochenta pero Dios le había dado un instinto natural y una sabiduría, que a pesar de no haber ido a la escuela, era capaz de afrontar todos los problemas con una clarividencia digna de admirar.

Rápidamente se dio cuenta de que Carmen era la más afectada y hacia ella encaminó sus esfuerzos para que la chiquilla pasara el
mal trago que se le avecinaba.
Cada mañana, en la comida o antes de acostarse hacía un aparte con la muchacha y le hablaba para irla  mentalizando.
-"Mira Carmen en              
Benquerencia no hay porvenir. Dentro de unos meses no tendremos ni que comer.           
Pasaremos necesidades y lo peor es que la situación es irreversible e incontrolable por nuestra parte si no decidimos algo".
"Pienso que, al igual que Cristóbal Colón, debemos salir de nuestro querido pueblo cargados de muchos recuerdos y grandes ilusiones. Lo que nos espera puede ser maravilloso y si luchamos con ahínco seguro que se cumplirán todas nuestras perspectivas. No hay que rendirse ante las adversidades. Todos a luchar y para adelante".

Poco a poco el estado de ánimo de Carmen fue cambiando y cuando llegó la hora de partir ya no le pareció tan doloroso como en unas fechas anteriores. El abuelo no había conseguido que se tomase toda la medicina necesaria para eliminar el dolor que le ocasionaba tener que dejar el pueblo pero, en cambio, había logrado que la pequeña y el resto de la familia se fuesen ilusionando cada vez más en el futuro que les esperaba lejos de Benquerencia.
La mañana de la partida salieron de su casa con una vieja maleta,
dos o tres cajas de cartón atadas con  cuerdas de pita y unos cuantos duros en la cartera de Miguel para afrontar las primeras necesidades.
El abuelo salió el último. Cerró con delicadeza la vieja puerta de la casa, metió la llave en la cerradura del postigo y la giró por dos veces. El chirrido producido por la llave al dar las vueltas y el silencio posterior quedó grabado para siempre en la mente de Carmen.

Como en procesión bajaron a la carretera donde tenía la parada el autobús que les llevaría a su nuevo destino. Les acompañaban un buen número de vecinos y amigos que querían darles su adiós.
Ya en la carretera la chiquilla contempló ensimismada a dos familias de cigüeñas que revolaban alrededor de los nidos que habían construido uno en el campanario de la Iglesia y el otro en un pingote del Castillo.
¡¡Ellas sí que habían venido de lejos!! y además tendrían que marcharse con la llegada del frío. En cambio se les veía tan felices. ¿Por qué ellos iban a estar tristes?
En esos momentos llegó el autobús. Colocaron los bultos en el maletero y, después de abrazarse con los paisanos que les habían acompañado para despedirse, subieron al vehículo que momentos después inició su marcha.
Fueron seis cabezas mirando fíjamente para el pueblo hasta que lo perdieron de vista. Doce ojos llenos de lágrimas y seis corazones henchidos de ilusión que palpitaban a un ritmo más acelerado que de costumbre.
El viaje continuó sin ningún contratiempo hasta que después de bastantes horas el autobús llegó a su destino: Bilbao.

Los primeros días  de la familia en la capital vasca fueron pasando entre innumerables recuerdos y continuos suspiros de añoranzas benquerencianas.
Vivían provisionalmente en una habitación que les había dejado "la tía Emilia", hermana de la madre de Carmen, que también había salido de Benquerencia un par de años antes en busca de nuevas fronteras.

A la  hora de dormir las cosas estaban un poquito complicadas pero como era una cosa provisional nadie se quejaba.
La habitación tenía dos camas. En una se acostaban Miguel con el abuelo Zacarías y en la otra Rafa y su hermano Antonio.
Carmen dormía en otra habitación con su prima Josefina y Matilde lo hacía en un sofá-tresillo que había en el comedor.


Las comidas eran humildes y sencillas. Los huevos fritos, las tortillas de patatas, el gazpacho, el cocido extremeño y las tradicionales migas fueron los nutritivos y económicos platos con los que nuestra familia benquerenciana se alimentaba convenientemente en sus primeros meses de estancia en tierras vascas.

En un principio lo que más les chocaba era el cambio climático. El cielo era plomizo, como si estuviera de luto, y casi siempre estaba cayendo una fina lluvia que les ponía a todos muy tristes, principalmente al abuelo Zacarías que estaba cada día más meditabundo y melancólico. Les faltaba la luz del pueblo. La tía Emilia no cesaba de darles ánimos a todos diciéndoles que en poco tiempo se acostumbrarían y podrían llevar a cabo una vida normal como a ella y a su familia le había sucedido.


Con el paso de los días la situación fue normalizándose. Antonio entró a trabajar en la empresa bilbaína Cervezas del Norte. En pocos meses se granjeó el aprecio y la amistad de sus jefes y compañeros hasta el punto que numerosos benquerencianos entraron a formar parte de la empresa recomendados por él. Pero la empresa era pequeña y las posibilidades de ascender dentro del ámbito laboral eran escasas así que nuestro amigo al cabo de unos meses pidió el despido y a los pocos días comenzó a trabajar en los montajes de líneas eléctricas que Iberdrola estaba realizando en la zona. El trabajo era más arriesgado y fatigoso pero, se ganaba mucho más, que era lo que importaba en aquellas fechas.



Nuestro protagonista benquerenciano era un enamorado del campo y la naturaleza. La ciudad le agobiaba. Muchas veces acompañaba a un vecino del que se había hecho amigo al huerto que tenía no muy alejado de su vivienda. Le ayudaba a ordeñar las cabras y a cuidar las hortalizas que tenía sembradas.

Fueron transcurriendo los años y un día el anciano vecino le dijo a Antonio que la edad no perdonaba y que se sentía muy cansado. Si le interesaba le cedía el huerto  para buscar su merecido descanso. El benquerenciano no lo dudó y le contestó afirmativamente. Así que sin proponérselo se encontró con más de 150 cabras, 20 o 30 ovejas, numerosas gallinas y unas hectáreas de tierras aunque no serían propias porque pertenecían al municipio.


Cada tarde, al terminar su jornada laboral, acudía a la finca para cuidar a los animales, recoger los huevos y los productos de temporada que daba la huerta. Él repartía todo entre los paisanos y vecinos.

Como la mayoría de las cabras eran de su jubilado vecino ayudaba a la señora de éste(que era de Zalamea de la Serena) a ordeñar y a hacer el queso que posteriormente vendían.

Los fines de semana los pasaba en la "finca". Muchas veces se sentaba debajo de una gran higuera que había al lado de la "chabola" y se quedaba traspuesto. En sus sueños veía pasar alguna cigüeña que se posaba en la torre del campanario de la Iglesia o en las ruinas del castillo de Benquerencia y se ponía a "hacer el gazpacho". En otras ocasiones se la imaginaba volando con alguna rana, culebrilla o lagarto que había capturado en la laguna de Balcón o en los chabarcones de Fanjo para alimentar a su cigüeñillo que la estaba esperando en el nido del campanario.

Otras veces pensaba en las procesiones de su pueblo en las que no había cofrades ni capirotes pero estaban en ellas sus familiares, amigos y un personaje para él muy importante en la historia del pueblo: Pedro de Momo, familiarmente "Caruta". Con la Cruz al frente de la comitiva era el que marcaba el paso, los tiempos y la realización de las procesiones. 
¡¡Todo un personaje!!

La procesión que más entrañaba nuestro amigo era la de "Los tiros" o "del Resucitao". Los hombres salían en una dirección y las mujeres en otra. Después se producía el encuentro en la puerta de Ñoño y en ese momento una atronadora salva de detonaciones de escopetas se producía en la noche benquerenciana.
Otras veces, si se había pasado de "chiquitos" la somnolencia provocada por los efluvios de Baco le transportaban junto con sus amigos al Pino de Porrilla donde, unos a mano y otros con honda, apedreaban hasta que, el bueno del árbol les dejaba caer unas cuantas piñas que serían abiertas para sacar y degustar sus piñones en "La Chorranguera de los Milanos"

Cuando estaban obligando a las piñas a base de golpes de piedra a que les soltaran sus ricas semillas, y el vetusto tren aparecía por la parte baja de la Verilleja cesaba toda actividad en la cuadrilla y se producía un gran silencio para oír su "traqueteo": ...."Perras chicas, perras traigo, pa Madrid y Campanario"...... Hasta que se perdía de vista cerca del Quintillo.

También pasaba buenos ratos jugando a la lotería en el casino de Molinilla donde más de una vez el Portugués le cantaba el número que premiaba su cartón. Se despertaba, con tristeza a la hora de ir a cobrar el premio y comprobar que todo había sido una ilusión.

Los años fueron pasando y comenzaron a aparecer numerosas vallas de alambre que fueron ajardinando la finca donde estaba el huerto de nuestro amigo que, como he dicho antes, era de propiedad municipal.
El espacio donde pastaban las cabras y ovejas si iba reduciendo cada vez más. Además surgió un problema añadido al tema del espacio: Con bastante frecuencia cuando las cabras eran achuchadas por algún perro o simplemente cuando metían la cabeza por entre la alambrada para coger algún bocado de hierba se quedaban enganchadas entre los alambres y se asfixiaban. Era increíble como cuando se producía alguno de estos lances los buitres no tardaban más de media hora para presentarse en el lugar y darse el festín con animal recientemente asfixiado.

Así que la señora de Zalamea y nuestro protagonista                  
benquerenciano fueron vendiendo o regalando las ovejas, cabras y gallinas que tenían antes de que el huerto pasara a convertirse en una zona verde de Bilbao.


Toda la familia estaba preocupada por el abuelo Zacarías ya que apenas salía de su habitación y cada día que pasaba estaba más triste añorando, sin duda, a su querida Benquerencia.
Se reunieron para tratar de buscar una solución y la única que encontraron fue que el abuelo regresara al pueblo ya que ese era su deseo. A la semana siguiente Miguel y anciano cogieron el autobús y marcharon para Benquerencia. Zacarías se quedó solo en su casa de la Roda con el corazón dividido entre la pequeña aldea y su familia de Bilbao. Allí vivió feliz hasta que un día fue llamado desde arriba y cerró sus ojos para siempre.

Pero volvamos para atrás y retomemos la historia de Carmen.

Nada más llegar a Bilbao apuntaron a la niña en la misma ikastola que estudiaba su prima Josefina para tratar de que no perdiera el curso.

A la chiquilla le costó un poquito adaptarse a sus nuevas compañeras y, sobre todo, a la metodología que se empleaba en el nuevo centro escolar. Pero como era una alumna muy avispada pronto superó todas las dificultades y acabó  integrándose a su entorno escolar. Las buenas notas comenzaron a llegar para alegría de sus progenitores..........
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Fueron pasando los años y nuestra pequeña protagonista se convirtió en una encantadora señorita que iluminaba con su presencia las calles y lugares que frecuentaba en el país vasco. Una noche discotequera conoció a Iñaki, un chaval vasco que se enamoró de ella perdidamente. En un principio  Carmen no le dio importancia a esta relación pero, poco a poco, el vasco fue adueñándose del corazón de la benquerenciana y la cosa, como no podía ser de otra forma,  acabó en boda.

Carmen no había vuelto a Benquerencia y cada día que pasaba recordaba con más añoranza a los amigos y familiares que se habían  quedado allí y, como  no, cada vez se acordaba más del abuelo Zacarías y una enorme congoja recorría todo su cuerpo. Habló con Iñaki y decidieron que cuando llegaran las vacaciones de agosto harían una visita al pueblo donde aún conservaban sus padres la casa familiar. Al vasco le pareció una buena idea porque Carmen todos los días le estaba hablando de la pequeña aldea  y pensó que ya era hora de conocerla.

A principios de agosto la pareja marchó para el pueblo en el pequeño utilitario que se habían comprado. Entraron por Castuera y a la salida de la famosa curva en la que te encuentras de golpe con la vista del Castillo a Carmen le sucedió como a todos los benquerencianos que añoramos nuestro pueblo cuando llegamos a ese punto: los corazones aceleran su ritmo hasta unos límites insospechados. Pero lo raro de esta ocasión fue que, al día siguiente de llegar, Iñaqui le confesó a Carmen que a él le había sucedido lo mismo al ver por primera vez las ruinas del castillo arropando al pueblo.

Aquella noche “el Cerro” de la Roda se vistió de fiesta ya la noticia de la llegada de “los vascos” se había extendido como la pólvora y los numerosos amigos y familiares acudieron para saludarlos y preguntarles por la familia.
Hubo gazpacho y tortilla de patatas para todos e incluso, al final, entre anécdotas, recuerdos y confidencias dieron buena cuenta de un par de bandejas de rosquillas y “rescardones” que habían preparado algunos vecinos. Un Iñaki, sorprendido no daba crédito a lo que estaba pasando.

A la mañana siguiente el canto de algunos gallos de corrales vecinos despertaron a la joven pareja. Después de un relajado desayuno Carmen se puso en pie y le dijo a su marido:
-Lo primero que vamos a hacer esta mañana, antes de que llegue la calor es visitar al abuelo Zacarías-.

A los pocos minutos bajaron por la “Calleja de la Loba” en dirección al transformador. Cruzaron la carretera y llegaron al pequeño cementerio. Abrieron la puerta de entrada y trataron de buscar el nicho del abuelo. Los enormes y numerosos jaramagos secos que habían crecido en el suelo ponían dificultaban su objetivo. Posteriormente se enteraron en el pueblo de la próxima apertura de un cementerio nuevo en la carretera cerca de la fábrica de Norberto. De ahí el estado de abandono que reinaba en el lugar. Por fin encontraron la tumba donde reposaban los restos del abuelo. Carmen no pudo evitar que las lágrimas afluyeran a su rostro mientras recordaba numerosos pasajes de su vida que había compartido con el abuelo.

Dejó sobre la tumba cinco claveles rojos que le había pedido a su vecina Josefa y regresaron al pueblo.

Cada mañana se levantaban temprano y caminaban hasta el Puerto Ancho. Al regreso subían al Castillo donde pasaban buenos ratos absortos con los maravillosos paisajes que desde allí se contemplaban. A media mañana el calor les hacía volver a la realidad y les mandaba para casa.

Así estuvieron una semana hasta que llegó la hora de regresar a Bilbao.

A Iñaki le había cautivado el pequeño pueblo. La tranquilidad que emanaba, el trato de sus gentes y sus encantadores paisajes habían calado muy hondo en él.


Aunque era poco hablador al despedirse de cada vecino les decía que volvería. Y así sucedió.

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